Los hilos de la memoria y el «treball a jova”

Fragmento de «Arraigados al futuro. La economía social y solidaria, una aproximación desde Poniente», texto escrito por Ponent Coopera, que forma parte del cuaderno «Alrededor de la economía social y solidaria», editado en 2019 por la Unidad de desarrollo y cooperación de la Universidad de Lérida.

Sobre recuperar la memoria, asociacionismo agrario, trabajo colectivo para la comunidad –por ejemplo, el "treball a jova”– y bienes comunales.

(…)

3. LOS HILOS DE LA MEMORIA

La evolución en las últimas décadas de nuestra sociedad nos ha llevado a un dominio absoluto del sistema capitalista como modo de producción, el cual determina, de forma casi total, el conjunto de nuestras relaciones económicas y sociales. Una de las consecuencias de esto ha sido el modelo territorial actual. En Cataluña, hoy, alrededor del 74% de la actividad económica se desarrolla en la provincia de Barcelona. La pérdida de peso económico y la falta de capacidad de fijar la población, y la despoblación que se deriva en consecuencia, han sido y continúan siendo una de les características definitorias del territorio catalán, que, a su vez, concentra la actividad económica y la densidad poblacional en aquellas comarcas donde hay infraestructuras y núcleos urbanos importantes. Esta evolución económica y social ha hecho que muchas de les practicas económicas y instituciones que habían nutrido la vida social y el desarrollo económico de las tierras catalanas hayan desaparecido o se hayan transformado radicalmente al ritmo que marca la voracidad del capitalismo. Por tanto, al comenzar a transitar sobre la economía social y solidaria, resulta fundamental realizar un ejercicio de memoria histórica para recuperar del olvido y de la subsunción al capitalismo todos aquellos aspectos de la vida de nuestros abuelos y abuelas que se habían construido como parte del trabajo y la gestión comuna, la cual, en muchos casos, era autogestión al margen incluso de la lógica estatal.

En este ejercicio de mirada retrospectiva para construir el futuro, pensamos que hay tres elementos que podrían servir de inspiración para convencernos que, en las tierras catalanas, la organización de gran parte de la actividad económica y social bajo la forma de la “ESS” no sería una utopía. No lo seria por el hecho que, no hace tantos años, gran parte de los aspectos centrales de la vida de las personas estaba organizada a partir de estos valores y de estas prácticas. En la tentativa de búsqueda de practicas de la “ESS”, queremos destacar tres elementos concretos que nos parece que son una muestra fehaciente de la importancia de estas relaciones sociales y formas de organizarse la producción y el trabajo.  Estos serían: los comunes, el cooperativismo agrario y el «treball a jova”.

3.1. El asociacionismo agrario. El palo de pajar de la vida social y económica de los pueblos de Poniente

Tal y como explica Josep Maria Ramon y Muñoz, «[e] los efectos de la crisis agraria de finales del siglo XIX requerían la respuesta de un campesinado interesado en superar las dificultades que ésta comportó. En Cataluña, como en otros lugares del estado, buena parte de las aspiraciones del sector agrario se canalizarían a través de un asociacionismo agrario que se convertiría en un instrumento modernizador de la agricultura. Un movimiento que tomaría una doble forma, la del pequeño campesinado y la de los grandes propietarios, que, manteniendo sus intereses de clase, se organizarían para fomentar el desarrollo de la agricultura catalana. Efectivamente, esta crisis agraria se convertiría en el elemento dinamizador de un asociacionismo campesino que tenía sus raíces en el surgimiento del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro a mitad del siglo XIX, pero que posteriormente se desarrolla en torno a un asociacionismo reformistas revolucionario a través de fórmulas interclasistas.»

Como ejemplo de respuesta colectiva y centrada en el hecho que fueran los mismos campesinos quienes adquirieran protagonismo en el futuro de sus vidas, siguiendo este mismo autor: «[…] en Cervera, en 1905 se crearía la Cámara Agrícola Oficial de la Segarra y el Urgell, y ésta se convertiría en el punto de partida del ‘sindicato de Cervera y su Comarca’ (1918) por el hecho que no supo representar y actuar en favor del campesinado comarcal, muy preocupada por los precios del trigo que se imponían desde el Gobierno y por la actuación de los Sindicatos de Harineros. Sin embargo, el surgimiento del SACC no sería una consecuencia directa de la crisis campesina de finales del siglo XIX, sino que estaría vinculado a la protesta campesina hacia la política agraria que entonces estaba llevando al gobierno español. Ante esta situación, muchos campesinos de la comarca de la Segarra y otras comarcas vecinas se unirían en torno al sindicato de Cervera para defender sus intereses y fomentar la modernización de la agricultura de la comarca, que al mismo tiempo debía contribuir a la mejora de sus condiciones de vida.»

Para ejemplificar que la actividad de buena parte del asociacionismo agrario no consistía sólo en una práctica sindical, sino que también existió una praxis, basada en la organización y la acción comunitarias, orientadas a generar condiciones en la producción y en el intercambio que sirvieran para mejorar las condiciones de vida de los campesinos del territorio, seguimos con el mismo autor: «[…] durante los primeros años de su existencia, el SACC lucharía contra los precios que imponía el gobierno y contra el monopolio del Sindicato de Harineros. Por este motivo, construiría una fábrica de harinas y compraría varios hornos con el objetivo de completar todo el proceso en la elaboración del pan.»

El precedente del SAAC de Cervera se convierte en la demostración de que existe un filón, seguramente muy rico, que podría llevarnos a descubrir que muchas de las prácticas arraigadas en nuestros pueblos, de las que muchos de nuestros abuelos y abuelas eran protagonistas, son ejemplos genuinos de formas de hacer economía y de construir sociedad que hoy reivindicamos bajo el paradigma de la ESS. Llevar a cabo esta investigación para hacer aflorar lo que hoy llamaríamos «buenas prácticas del cooperativismo agrario» es un ejercicio apasionante y necesario para poder seguir, como un verdadero hilo de Ariadna, el desarrollo comunitario y cooperativo en nuestras tierras hasta conectarlo con las prácticas y posibilidades futuras de construir un tipo de economía alternativo al capitalista.

3.2. El «treball a jova”. El trabajo colectivo para la comunidad

A la hora de proponer cuáles podrían ser las prácticas comunes que históricamente se han llevado a cabo en nuestros pueblos, y que ejemplificarían que la economía social y solidaria es una propuesta para construir el futuro que viene de lejos, uno de los casos más sugerentes de los que hemos encontrado hasta ahora es el del «treball a jova”.

En la mayoría de los pueblos de nuestras tierras existía una modalidad de trabajo colectivo que se llamaba trabajo “jova”. Ésta era una práctica mediante la cual los vecinos y vecinas de los pueblos, de forma gratuita y autogestionada, cumplían tareas de mejora de la comunidad. Estas tareas podían ser diversas e iban desde el mantenimiento de las infraestructuras del pueblo hasta la construcción de nuevos equipamientos para el disfrute colectivo. Sin embargo, ésta no era una práctica exclusiva de los pueblos del Poniente catalán. Por ejemplo, en el País Vasco, una práctica de trabajo colectivo con el mismo contenido que el «treball a jova» es lo que se conoce como auzolán. Así, el auzolán es el nombre de una institución de trabajo comunitario practicada en Euskal Herria mediante la cual se realizan la ejecución y el mantenimiento de infraestructuras y otras tareas diversas con el objetivo de asegurar el buen funcionamiento de la administración local, siempre dentro del medio rural. Se considera una contribución directa de trabajo que sustituye a la contribución en dinero. El auzolán obliga a participar en las tareas colectivas las diferentes casas vascas, que envían a uno de sus miembros a cumplir con la convocatoria oficial de trabajo comunitario, hecha por las autoridades municipales o del consejo. La casa que no cumple esta demanda se penaliza con multa.

En el caso ponentino, la tradición oral nos dice que la práctica del «treball a jova” estaba muy extendida, y que era una práctica habitual para hacer frente a diferentes tareas destinadas a la mejora de las condiciones de vida de los municipios.

Así, tenemos constancia de que en el pueblo de Vallverd, situado en el municipio de “Ivars d’Urgell”, en la comarca del Pla d’ Urgell, a través de la modalidad del «treball a jova” se construyeron los cimientos y la parte inicial del casal municipal La Espiga. En el Vilosell, en 1910, gran parte de la infraestructura que aseguró el suministro de agua al pueblo se hizo “a jova”. Artículos de la prensa comarcal explican que «el pueblo trabaja seis días -a jova-» para contribuir a realizar las obras de la zanja por donde tenía que pasar la nueva conducción que debía llevar el agua al pueblo, y que de esta manera se consiguió poner fin al monopolio que de ese bien que tenían algunos de los aldeanos más poderosos, los conocidos como plumistas.

Conseguir recuperar ejemplos concretos de la vasta experiencia de «treball a jova” que existió en nuestras tierras es una tarea importante a la hora de presentar prácticas de trabajo comunitario que establecen un vínculo preciso entre la responsabilidad vecinal, el papel institucional y la calidad de vida en los municipios. Seguramente estamos ante una institución de trabajo que hoy consideraríamos una buena práctica en el marco del naciente discurso de la economía público-comunitaria.

3.3. Los comunes. Bienes de todas y para todas

Tal y como explica Iván Miró, a partir del libro de David Algarra y en relación con El común catalán, «A pesar de que a menudo se haya descrito la edad media europea como un período de irracionalidad y oscuridad entre la luz de la civilización clásica y la neoluz de la era moderna (Ilustración, revolución liberal, industrialización), cada vez más investigaciones señalan, por el contrario, que a lo largo de aquellos «mil años de pugnas entre señores y campesinos» -o incluso «campesinos» sin señores”–, las comunidades campesinas resolvieron gran parte de sus necesidades de forma local y comunitaria, a partir de una economía popular, colectiva y autogestionada.» (Bru, 2010).

Siguiendo El común catalán, de David Algarra, señalaremos que en el centro de aquella economía estaban los bienes comunales, un cuerpo de bienes rústicos pertenecientes al común que complementaban el cultivo de la tierra y resultaban imprescindibles para la subsistencia de los campesinos pobres. Pastos, bosques, aguas, eriales y salinas eran usados por los habitantes del término, que ejercían los derechos de aprovechamiento. La gestión de los recursos motivaba la reunión de lo común, que establecía la tipología de los trabajos de la actividad rural, determinaba los derechos de aprovechamiento para cada casa y prohibía el lucro y la comercialización. La reproducción social del campesinado se realizaba, pues, mediante infraestructuras comunales –que también incluían molinos, hornos, herrerías, fraguas y riegos–, las prácticas de usufructo y unos organismos de regulación que en Cataluña se llamaban “consells” (concejos). Aquellas regulaciones socialmente instituidas defendían la primacía de unos derechos de propiedad compartidos: la inexistencia de una propiedad privada absoluta (Algarra, 2015).

La existencia de los bienes comunales no se entendía, por tanto, sin los correspondientes instrumentos de autogobierno: las instituciones políticas del común. Fueran los consejos catalanes, los concejos castellanos, los batzarre vasco-navarros o los tribunales de aguas de las comunidades de regantes de Valencia, las formas de organización comunal —universitas, asambleas generales de vecinos, consejos abiertos y estrechos…— se extendieron por todas partes la península Ibérica para gobernar los bienes comunes a partir de los derechos de la tierra, el derecho consuetudinario y los usos y costumbres.

La genealogía del comunal muestra que no existen bienes comunes sin instituciones de lo común, al tiempo que explica qué contribuyó a debilitar estos bienes, a dejarlos en un mantenimiento residual o a hacerlos desaparecer. En Cataluña, un factor inicial de esa erosión fue el endeudamiento para financiar guerras, que obligaba a vender parte de los bienes comunes de los términos. Otro fue la contratación enfitéutica, empleada por la Corona catalano-aragonesa para consolidar la colonización de las tierras conquistadas a los musulmanes en Valencia o Baleares, que permitió, con la sentencia arbitral de Guadalupe (1486), la creación de una burguesía campesina. Y, en tercer lugar, la derrota de 1714 significó un ataque a los usos y costumbres que se habían otorgado los propios ciudadanos y que, en el caso catalán, habrían formado parte intrínseca de las Constituciones catalanas. El nuevo régimen borbónico suprimió los restos de los concejos (Consell de Cent) y sustituyó a la institución del común por los ayuntamientos y los concejales.

Sin embargo, la gran ofensiva contra el comunal llegó con la creación del Estado moderno, el nacimiento del liberalismo y la consolidación de las relaciones sociales y productivas capitalistas, dado que, con la supresión de las relaciones feudales del Antiguo Régimen, los bienes comunales fueron privatizados y mercantilizados con las desamortizaciones, el campesinado pobre fue excluido de los aprovechamientos comunales y las instituciones de autogobierno fueron destruidas. Si la ofensiva mercantil debilitó los bienes comunales, la paralela consolidación del Estado aniquiló las instituciones del común (Miró, 2017).

Hacer una búsqueda de cuál ha sido la tradición ponentina en términos de los bienes comunes y estudiar cuáles son los que todavía existen en el territorio es otro de los trabajos indispensables para disponer de más elementos que permitan legitimar las propuestas emergentes de gestión comunal de bienes y servicios como prácticas posibles, y deseables, para lograr una mejor asignación y gestión de muchos de los recursos existentes. El debate en torno a la potencialidad de las prácticas de gestión comunal de los recursos es uno de los más ricos de la actualidad y atraviesa muchos de los ámbitos de nuestra vida cotidiana, desde la vivienda hasta las nuevas tecnologías. Así pues, de nuevo, la búsqueda de estas prácticas comunales arraigadas en las prácticas sociales y de vida de las personas de nuestros pueblos es una tarea absolutamente necesaria para construir las prácticas emancipadoras del futuro. Para volver a recuperar el control democrático de todo lo fundamental para la reproducción de la vida, es necesario recuperar la memoria sobre todas aquellas prácticas comunitarias que el capitalismo ha aniquilado. Seguramente, si somos capaces de realizar con éxito este ejercicio de vinculación de las practicas comunales vividas con las propuestas de futuro, descubriremos que el capitalismo ha sido un momento histórico nefasto, y necesariamente prescindible, para organizar la vida en comunidad de las personas.

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